8.1.06

EL TONTO GENÓFANES


Genófanes vivía desnudo en un fértil valle, dentro de una diminuta choza confeccionada con ramas de los grandes bosques arrastradas hasta allí por el río, y techada con los juncos de la rivera cortados cuando la luna estaba en su cuarto menguante para que no se pudrieran. Un día, un hombre muy similar a él, llegó al valle y se acercó a su casa y le habló de esta manera: "bienhallado Genófanes, quisiera pedirte que me dejes descansar aquí unos días, en tu choza, pues camino desde hace muchos años intentando llegar a los confines del mundo y estoy extenuado. Te daré mis ropas y me quedaré en tu pequeña casa, y tú, si quieres, puedes continuar en mi lugar la búsqueda del abismo. Yo he decidido esperarlo aquí". Genófanes aceptó y salió hacía el horizonte allí por donde parecía quedar más cercano
Si Genófanes hubiera sido más listo no hubiera creído que el camino más corto al límite del mundo fuera por donde más cerca se veía el horizonte. Esto fue lo que creyó y lo que le hizo ascender a lo más alto de aquella cordillera donde, para desilusión suya, unos monjes de coloridas vestimentas y curiosas costumbres sexuales con los que convivió durante unas semanas, le explicaron que todo horizonte se encuentra igualmente lejano y que si algo se percibe más próximo, eso, tan sólo es un obstáculo que impide la visión. Los monjes le condujeron a la cima del pico más elevado de toda la cordillera y le mostraron el horizonte. Comprendió Genófanes al fin que aunque no pudiera vislumbrar más allá de cierto punto, no necesariamente significaba aquello que nada hubiera detrás.
Genófanes descendió feliz de las montañas, satisfecho de lo que había aprendido y más decidido a llegar a los confines del mundo ahora que casi los había contemplado desde lo alto de la montaña. Había visto el verdadero horizonte, "el horizonte sin obstáculos", pensaba, pero el desierto de sal al que llegó tras varios meses de tortuoso camino le desorientó. Apenas divisaba ya las grandes montañas de los monjes que no eran más que una delgada sombra allí donde alcanza la visión. Además de tonto, o quizás por ello, era Genófanes desmemoriado y no recordó con exactitud lo que uno de los monjes le aconsejó. "Camina siempre hacia la puesta de sol y detente al oscurecer", le había dicho. "Come por la mañana, y a la tarde, digeridos los alimentos, camina de nuevo hasta que vuelva a caer la noche, así caminaras en línea recta y si algún confín existe ése será el camino más corto hacia él". Se lo explicó bien claro pero Genófanes ya no recordaba apenas nada. Algo le había dicho el monje del sol y del camino pero no estaba demasiado seguro de cómo ni con qué sentido, así que cuando se vio en el desierto, con todo el horizonte rodeándole en un inmenso círculo pensó: "ningún lugar se ve más cerca ni mas lejos que otro, he debido errar el camino y me encuentro ahora en el centro del mundo. Sin embargo, es ahora cuando debo comenzar mi búsqueda, desde aquí, desde el centro del mundo hasta sus últimos confines", e intentando enlazar los conceptos que lograba recordar de los consejos del monje acertó a caminar siguiendo siempre a su propia sombra confiado en que así caminaría en línea recta, que también eso se lo había escuchado nombrar al monje.