12.5.06

ALLÁ VA LA MUJER DE MI VIDA

Parafraseando a Groucho Marx cuando afirmaba algo así como que jamás pertenecería a ningún club que le aceptara como miembro, digo, y lo digo tristemente convencido de ello, que nunca podría enamorarme de una mujer que estuviera dispuesta a enamorarse de mí. Es por eso que cada vez que el sino me recompensa por los sufrimientos del habitual devenir, dejando entrar un poco de aire fresco en mi acuartonada alma, y descubro por ventura a la que pudiera ser la mujer de mi vida, ella ya se pierde tras la línea del horizonte. O se difumina en lontananza, que viene a ser lo mismo.





La mujer de su vida es aquel puntito que se ve por las praderías, y él, el del cuento, se pregunta por qué su alma se siente vacía cuando ella se marcha, si sabe que de haber decidido quedarse, entonces, hubiera sido él mismo quien la echara. De todas maneras la nostalgia se enfría igual que se enfría el hueco que quedó en la cama.

20.1.06

SABRÁS.


Olía a incienso y a padmini, apartó la segunda cortina y entró. Las cartas estaban en un sólo montón vueltas contra el pañuelo que cubría la mesa. La mujer tenía algo en las manos, como un hueso, y jugaba con él, aparentemente distraída, deslizándolo entre los dedos. _¿Qué quieres saber?_, le preguntó la mujer sin apartar la vista del hueso. _El futuro_, respondió él inmediatamente. En realidad venía con esa palabra en la boca desde que entró en la barraca, _quiero saber lo que va a pasar_, repitió convencido, _quiero saber el futuro_. La mujer levantó los ojos y miró al hombre diríase que con pena. _No creo que te gustara_, sentenció volviendo a mirar al juguete. Él palideció.
_¿Tan terrible es lo que me espera?
_¿Qué futuro quieres saber?
_¿Cuántos futuros hay?
_Infinitos para cada uno.
_No me tome el pelo señora, yo sólo quiero saber mi futuro, quiero tener alguna certeza, no me puedo pasar el resto de mi vida así, preciso urgentemente saber de los acontecimientos venideros para poder estar alerta. Improvisando me va fatal. Señora, se lo ruego, si no puede usted desvelar el futuro, dígamelo ahora y me marcharé, pero, por favor no se burle usted de mí_. Ante las súplicas de aquel hombre que mostraba tal desesperación la mujer pareció conmoverse, dejó el hueso a un lado de la mesa y tomó el montón de cartas. _Siéntese_ dijo entonces, ya con un tono de voz que a él le sonó incluso maternal, que le trajo a la memoria el momento en que, siendo niño, su madre le cogió en brazos una tarde y le explicó que las personas se morían a veces, y que si se morían ya no los volvíamos a ver nunca más, pero que ellos a nosotros sí, y que por eso ahora tenía que ser muy bueno porque Papá le estaría viendo desde el cielo, que es a donde van las personas cuando se mueren. Quizás debido a esta imagen, al oír a la mujer, cuando se sentó ante la mesa su confianza inicial se había tornado en temor. La mujer clavó sus profundos ojos negros en los de él y le dijo, _ no sólo soy capaz de ver tu futuro, incrédulo. Aún más te digo, te dispondré si quieres para adivinar tú tu propio porvenir, pero primero te contaré una historia que le sucedió a un hombre como tú y, después de escucharla, me dirás si quieres realmente conocer lo venidero_. Entonces tomó de la baraja una carta y la colocó vuelta contra la mesa. _ hace mucho tiempo, un joven impaciente hizo enfadar a una bruja a la que llamó mentirosa y embaucadora delante de todos y ésta le maldijo, antes de perecer en la hoguera, gritando "sabrás". El joven supo. Supo que su padre iba a morir al día siguiente, como así fue. Supo que no sería él con quien se casaría su prometida, como así fue. Supo tambien el día y el momento exacto en que su madre iba a ser tragada por el mar, como así fue. Supo todo eso sin saber que lo sabía, lo supo, pero él creyó que lo imaginaba, por eso no hizo caso. Hasta que un día supo que lo vendrían a prender por los crímenes que había cometido, supo que le acusarían de haber matado a su padre para evitar que éste se casara con su prometida, que le acusarían de haber arrojado a su propia madre al océano por interponerse entre su prometida y él, y supo que lo prenderían. Entonces huyó. Y mientras corría supo que le esperarían en el camino, así que emprendió campo a través pero supo entonces que le encontrarían en el bosque al alba, dormido, y le apresarían_. El hombre interrumpió la narración de la mujer diciendo, _si lo que quiere es confundirme sepa que lo tiene usted bastante difícil, incluso con esos entretenidos rodeos, yo he venido aquí a conocer mi futuro y usted sólo me cuenta incongruencias alrededor del pasado_.
_¿Incongruencias?
_Incongruencias, sí señora, incongruencias,
_¿qué incongruencias?
_Incongruencias tipo... no se puede saber una cosa que no es cierta, no se si me explico, yo no puedo saber algo que no es verdad, puedo suponerlo y no ser real, puedo creerlo, estar convencido de algo y que luego no suceda. Pero si lo sé, tiene que suceder, y si no sucede es que no lo sabía, sabía una cosa que era falsa luego no sabía nada.
_¿A dónde pretende llegar?, sigo sin ver las incongruencias por ninguna parte,
_vamos, vamos, no se haga la tonta
_no se a qué se refiere, y haga el favor de no perderme el respeto, oiga.
_Discúlpeme usted, le repito que estoy desesperado, me refiero a que ese hombre que usted me cuenta no sabía que lo iban a apresar sino que lo suponía, y huía en consecuencia con esos razonamientos. Usted trata de hacerme ver como maleficio una simple manía persecutoria, soy psiquiatra, se de lo que hablo.
_¿Psiquiatra, manía persecutoria, razonamientos?, veo que no ha comprendido nada de lo que llevo contado, lo mismo da, ya lo comprenderá más adelante si me permite continuar_. _Continúe_, accedió el hombre.
_Debe prestar atención y no distraerse con la decoración de los hechos. La desgracia de ese hombre era tener acceso a los acontecimientos fuera de la línea del tiempo.
_¿La línea del tiempo?, ¿es nueva esa terminología?,
_¿se imagina los acontecimientos fuera de esa línea?, seguro que no.
_¿Seguro que no?, no se por que está tan segura.
_ fuera de esa línea los acontecimientos carecen de lugar y momento y aparecen desordenados por lo que aquel joven iba unos minutos adelantado al resto del universo, si no comprende eso mejor será que se entere de las cosas después de que sucedan, como la mayoría da la gente. Aquel joven podía ver su futuro, podía ver todo su futuro, todos sus futuros. Podía ver en cada momento qué iba a acontecer de inmediato, y después, y en los meses siguientes, sabía el momento en que iba a morir él mismo, sabía incluso más allá de su propia muerte, sabía el futuro de los demás, conocía a la perfección las vidas de los que aún no habían nacido. Todo lo sabía, pero fuera de la línea del tiempo, todo a la vez. Lo sabía todo en todo momento, era terriblemente peor que no saber nada porque si no sabes pruebas, estudias, preguntas, miras, lees. Pero cuando lo sabes todo, te mueres, adelantas al tiempo y te mueres, que es lo que le pasó al joven del que te hablo, murió ipso facto.
_¿Ipso facto?
_Ipso facto, si señor, ipso facto.
_Ipso facto, ¿en qué momento?
_Ipso facto en el momento que lo supo todo, ipso facto en el momento en que el crepitar de las llamas ahogaba el grito de la bruja, ipso facto en el momento que el eco de aquel grito se perdió entre las paredes de caliza de las escarpadas montañas. Ipso facto en cuanto se materializó el hechizo. "Sabrás", gritó la bruja y el joven supo, e ipso facto murió. Pero como veo que te importa un comino lo que te estoy contando, doy la historia por finalizada_.
_¿Entonces no sucedieron jamás los hechos que el joven "supo"?
_Probablemente no ya que él, como digo, murió ipso facto_. El hombre renunció a conocer el futuro, pagó las diezmil por la felación que alguien le hizo desde debajo de la mesa y salió recordando el padmini y satisfecho de todo lo que había aprendido.

8.1.06

LA CAMARERA Y EL HOMBRE LOBO


La camarera se acercó a él y le dijo suavemente: "¡qué mala cara tienes hoy!, estás muy paliducho, voy a prepararte un Gintonic y me sentaré un rato aquí contigo ahora que el bar está tranquilo". El la miró dulcemente y asintió con la cabeza sin decir palabra. Permaneció inmóvil mirando al vacío hasta que la camarera regresó con el combinado y fue entonces cuando él ladeó su cara violácea hacia la joven que se acababa de sentar a su lado y le dijo: "Le advierto, señorita, que llevo todo el día sin comer, fumando Hachís, y releyendo a Byron. Temo que mi ánimo en estos momentos se halle de un romanticismo muy subido y mi conversación no le sea a usted más que causa de tormentos". "¡Coño!, un romántico", y sonrió. "Pero romántico, ¿en qué sentido?", preguntó la camarera algo confundida. "Romántico en el sentido...", dijo él llevándose la mano a la frente y mesándose los revueltos cabellos negros como el azabache, "...de que dentro de mi mente, terribles vendavales azotan mis pensamientos enredándolos, desprendiéndolos, y arrojándolos contra mis sentimientos y mis costumbres. Negros nubarrones oscurecen mis días y tan sólo la luna, cuando está llena, los baña con su luz y les tiñe de plata el lomo. Mis ideas, son hoy, árboles secos que tienden sus muertas ramas a la noche en un vano intento de abrazarla. Es la noche quien lo abraza todo en mi cerebro y bajo ese estrellado manto de ensueños, bajo la luna, bajo las prietas nubes plomizas, bajo los viejos troncos de los árboles y aún bajo la tierra húmeda y olorosa que apresa sus raíces putrefactas. Bajo los cadáveres enterrados durante siglos, mucho más abajo aún, ahí mora mi alma". "Romántico en ese sentido, señorita", agregó. "¡Joder!" exclamó la camarera, "casi lo dejamos para otro día", y se fue a atender a otro cliente.

EL FANTASMA DE JUAN FELIZ

Cuentan que Juan Feliz murió en el bar, con la botella de sidra agarrada del pescuezo y la mas absoluta beatitud reflejada en el rostro.
Gritó, "¡Viva la Virgen!", cayó patas arriba, y fue a desnucarse contra un tonel. Juan Feliz expiró. Su alma alcohólica se volatilizó ante las caras coloradas y atónitas de los demás parroquianos que le miraban atentamente y en silencio, el espíritu observó unos segundos la escena desde el techo del bar y se filtró sigilosamente por el entarimado del segundo piso.
Juan Feliz ha muerto. Ahí está, despatarrado, con el cogote encajado en la barrica y sobre él el grotesco epitafio "Sidra el cañu " impreso en la panza del tonel. La cara de felicidad de la borrachera se había trocado, con el golpe, en una absurda mueca. Con los ojos desorbitados y la mandíbula descolgada de la cara se diría que nunca hubo vida en aquel cuerpo. Como si hubiera ido acumulando muertes durante toda su existencia y ahora todas se le manifestasen a la vez. De pronto uno de los parroquianos que ya llevaba un buen rato observando el cuerpo, al ver que no daba muestras de vida, dijo: "morrió". Tambaleándose, se acercó al cuerpo tendido de Juan Feliz y lo agarró fuertemente por los tobillos. "Hay que enterralu", dijo mientras intentaba arrastrar el cadáver.
De acuerdo todos en dar a Juan Feliz cristiana y pronta sepultura, salieron, no sin grandes dificultades y mutuos estorbos, con el cuerpo inerte en volandas, en fúnebre comitiva, dirección al cementerio. Encabezaba el cortejo el amo del bar cargando con pico y pala, le seguían cuatro de los parroquianos portores del difunto, y los dos hijos mayores del alcalde, de anchas espaldas, que venían trayendo la segunda barrica de la noche empujándola por la empinada cuesta del camposanto. Cuando llegaron al rellano decidieron detenerse a descansar y en el descanso acordaron que los hijos del alcalde y un parroquiano fueran a por otra barrica mientras los demás velaban el cadáver y daban, a un tiempo, buena cuenta del resto del contenido de la que allí tenían. La expedición regresó exhausta con el encargo y se encontró con el muerto muerto y los velantes roncando. Despertaron a todos menos al muerto, vaciaron la tercera barrica y prosiguieron a duras penas por la última subida, tropezando los unos contra los otros, cayéndose y levantándose, y sin dejar ya de cantar.
El alba les sorprendió tendidos a las puertas del cementerio. El amo del bar roncaba de nuevo panza arriba y de vez en cuando soltaba unos resoplidos avinagrados. Los hijos del alcalde dormían sentados espalda contra espalda, y los parroquianos yacían esparcidos en derredor de la cuarta barrica. A esas horas, con las primeras luces, entre las primeras nieblas, regresaba el alma trasnochada de Juan Feliz, resacosa, desconcertada, perdida. El espectro volvía difuminado y con la fosforescencia descolorida y apagada por manchurrones después de haber vagado borracho por el limbo. Cada vez que Juan Feliz moría, su alma salía cantando el "Asturias patria querida" por el cosmos, orinando en el más allá, vomitando en la cuarta dimensión y al final como siempre, sin haber encontrado el cielo ni el infierno, retornaba a su cuerpo, desorientado, mustio, mezclado con la niebla y apenas visible, y Juan Feliz resucitaba, según dicen, por no ser enterrado antes del alba.



Juan Feliz llevaba muriéndose en el mismo bar desde tiempos inmemoriales. En la ilustración vemos una de las muertes mas famosas cuando en plena euforia etílica, Juan Feliz, salió del retrete del bar desnudo como su madre le parió y enarbolando tremendísima erección, agarró a la mujer del alcalde y apretándole el trasero arrancó en un patético pasodoble a la voz de "Guapa, guapa, y guapa". Como en cada muerte, Juan Feliz se las arregló para desnucarse contra algo y la esposa del alcalde, atorada de sensaciones, cayó desvanecida sobre él. La mayoría de los parroquianos ya conocían las estrambóticas muertes de Juan Feliz pero esa joven que aparece en primer término, acaba de llegar de la capital y no comprende nada

UNA MUJER DE ARMAS TOMAR


Si bien un hacha es herramienta más que suficiente para convertir en astillas y alambres un piano de dos millones de pesetas, se muestra aquí más bien como símil o metáfora para describir gráficamente el tipo de carácter, contuso-incisivo, de la mujer en cuestión. En cualquier caso el piano quedó para barrerlo.


Era un huracán y yo lo sabía. Terminó destrozándome el corazón, lo arrasó, lo devastó, vaciómelo de ánimo y de vida, llevose a su paso todas las manías, todas las taras y todas las ilusiones que en él anidaban. Pero, sabiendo yo de antemano la bravura de su carácter ¿cómo podría reprochárselo?. También me destrozó el piano. Llegó jadeando a la habitación y me dijo: "Verás cómo ahora prefieres follar conmigo a tocar a Bach". ¡Qué mujer!.

UN LIBRO Y UN BONOTRÉN

Un bono-tren es un excelente marca libros. Además, a excepción de esos escasos días en los que la luz del sol ilumina lo cotidiano de una manera tan puntual y concreta que hace que los sentimientos de las cosas exploten y vengan a estrellarse contra los cristales a nuestro paso, convirtiendo la ventanilla del tren en un cuadro escénico único e irrepetible, en una pantalla cinematográfica donde tú eres el guionista y el montador de esas imágenes que desfilan ante ti a ochenta kilómetros por hora y que desaparecen tras el perfil de tu compañero ocasional de viaje; salvo esos días, digo, nada mejor que mirar hacia un libro y leer. Sustituir las imágenes de la ventanilla por las que pronto encharcarán las páginas, o se dejarán ver por entre los caracteres. Perfectamente nítidas. O diluidas en la oscuridad. O en penumbra. Como tú quieras y desde el ángulo que decidas. Y pensar las ideas de otros. Y morir. Y nacer en Argel o ser un caballo. Todo eso sucede mirando hacia un libro.
Por otro lado, un bono-tren lleva una delicada banda magnética que no debe arrugarse, y nada mejor que un libro para protegerla.



Esto no es más que otro de los espectaculares efectos de la lectura, ciertas cosas que aparecen en los libros se instalan en tu vida para siempre. En esta habitación se estaba leyendo “Capitanes Intrépidos” pero interrumpieron la lectura y se llevaron el libro, quizás para leer en el viaje.

OIR MISA Y REPICAR LAS CAMPANAS


Suenan las campanas del convento y ya acuden a la misa las beatas. Son las siete. Las siete de todos los días. Suben la cuesta despacio, arrastrando sus otrora negros hoy pardos zapatos por la tierra, dejando un rastro como los caracoles tras de sí. Las siete de negro, luto por sus propias almas muertas hace muchos años. Las beatas responden muy despacio pero diariamente a la llamada de las campanas, agonizan cuando llegan a la puerta del convento donde las espera una monjita de su misma quinta, igual de muerta pero más despierta. Jadeantes entran en la iglesia y conducidas por la monjita se sientan en primera fila no sea que el Señor no se percate de su asistencia, de su militancia, de su fe, de su agonía por asistir diariamente a los oficios. El Señor se percata. Y el cura se percata también. La monjita sube al coro con las demás monjitas y el cura da comienzo a la misa. . Los vapores del incienso inundan el templo, por detrás del altar a la sacristía, desde el coro al campanario donde hace rato se oficia un rito bien distinto. En ese preciso momento, las campanas dejan de sonar y allí, en el campanario, dos monaguillos han encontrado la manera, ofreciéndose para llamar a misa, de verse a escondidas todas las tardes y se esmeran, entre los latinajos del cura que vienen flotando conn el incienso, en aprenderse de memoria cada centímetro de piel de sus cuerpos.
Cuando el cura calla las monjas cantan y los vapores suben desbordantes de notas musicales que se derraman sobre los dos amantes, un ardiente espíritu los posee, los envuelve, los empuja uno dentro del otro, los coge de las muñecas y los entrelaza, y ellos se dejan hacer entre gemidos.
la misa termina y las monjas callan, las palomas huyen en desbandada del campanario y los dos amantes ahogan los gritos y gemidos del apoteósico climax asiendo fuertemente la soga de las campanas y haciéndolas tronar sobre su orgasmo de esa manera tan peculiar que las beatas ya conocen. Al sonido de esas campanas las beatas salen de la iglesia, ayudadas por la misma monjita que ha bajado del coro a despedirlas, y emprenden por la cuesta abajo confundiendo con su asma los aun perceptibles jadeos de los dos monaguillos. Y así todos los días cada uno da rienda suelta a su fe.

HMMM...



La madre piensa "qué malo has sido", y con los brazos en jarra y el ceño fruncido mira al niño y por única amonestación, ante la cual el niño baja la cabeza, suelta un cortante "Hmm...".
El padre piensa que no está ella en situación de regañar a nadie, y menos al niño que lo hizo inocentemente, sin maldad. El padre, incluso llega a pensar si no habrá sido ella misma quien la colocó allí para que él la encontrara, para darle celos. Es ahí donde a él se le puede oír un leve y continuo "Hmm...".
El vecino llega tarde al trabajo y ya es la tercera vez esta semana. Con la taza de café en una mano y un bollo suizo en la otra recorre la casa de un lado a otro, maldiciendo, hasta que de pronto, se detiene y al recordar dónde puede estar la jodida corbata se aplasta el bollo suizo contra la frente y piensa en la inminente catástrofe. Deja salir un resignado "Hmm...".
el niño no entiende por qué se arma tanto escándalo por una cosa tan simple. Él sólo lo dijo por ayudar y no hubiera respondido: "del señor que salió corriendo cuando tu entraste", si el padre no hubiera preguntado "¿de quién coño es esta corbata?". de todas maneras al niño le importa un pito las cosas de los mayores, así que sigue jugando tranquilamente después de soltar un despreocupado "Hmm...".


Pensar hace ruido y "hmm..." es la onomatopeya del pensamiento. Aunque es posible pensar en silencio y sin levantar sospechas, incluso es posible no pensar, lo habitual es pensar sin proponérselo y no darse uno cuenta del ruido que hace pensando. Por contra, lo habitual también es no estar atentos a los pensamientos del prójimo con lo cual, tanto los sonidos que producen los pensamientos como los propios pensamientos en sí con toda la información que conllevan, suelen pasar totalmente desapercibidos entre las gentes, más atentas quizás a sus propias cábalas y sus extremas conclusiones de las cuales unas veces se enorgullecen y otras se avergüenzan, que a los pesares o aún a las alegrías ajenas. En definitiva, pensar en silencio manteniendo la intimidad de nuestro pensamiento requiere concentración y esfuerzo y puede resultar tarea imposible si quien nos observa insiste en escudriñar en él. Si nuestro interlocutor no pierde uno sólo de nuestros gestos, si permanece alerta ante cualquier indicio de idea, entonces podrá escuchar nuestro cerebro funcionado. Si además ha tenido tiempo para estudiarnos, por cercanía o convivencia, quién sabe entonces si, por habilidad o por entrenamiento, ya logra vislumbrar qué ideas son las que suenan en cada momento y, a la par que nos observa, nos psicoanaliza, nos pone a prueba, nos tienta, y finalmente descubre un punto de cinismo, una mentira, un foco de hipocresía que amenaza con extenderse, y piensa en desenmascararnos. Si estamos atentos en ese momento, le oiremos cómo deja salir una "M" por la nariz, en forma casi de suspiro, emitiendo un "Hmm..." que a la vez le delata.

SAPOS Y CULEBRAS

La pobre brujita venía cabizbaja arrastrando su escoba, no comprendía nada. "¿Cómo podía ser aquello?", se preguntaba la brujita. Contradecía todas las leyes de la naturaleza y las cuestiones más primordiales del esoterismo y no había visto ella, en los siglos que llevaba ejerciendo, cosa tal. "¿Será que me ha abandonado la magia?, ¿habré hecho algo mal y la naturaleza me ha apartado de su sabiduría por ello?", la anciana bruja no hallaba respuesta, ni siquiera racional, para aquel extraño suceso. Ni a maldecir en condiciones acertaba de pura confusión, "sapos y culebras", iba refunfuñando, "sapos y culebras".
"Corté las uñas de un difunto antes de su inhumación", repasaba la brujita, "y las escondí en un saquito de piel de rata detrás de la pila del agua bendita, me consta que todavía está allí y eso debe apartar del cura toda luz de sospecha. Preparé el bebedizo con Láudano para hacerle hervir la sangre y le agregué la justa porción de Estramonio para que sienta su cuerpo flotar ingrávido. Una pizca de Belladona y ralladura de Amanita Muscaria completan la pócima que prepara sus sentidos para el hechizo, ya debe estar sintiendo los efectos. Durante la luna nueva invoqué a Susón, que es el único demonio que habita las iglesias, y con una ramita de Saúco dibujé su silueta en la tierra. Recogí la tierra del interior del dibujo dentro del cráneo de una virgen y la esparcí alrededor de la iglesia como aconseja el libro de la Oscura Sapiencia que debe hacerse para que la noche nos sea propicia . Preparé el ungüento volador con aceite de almizcle y centeno molido con su cornezuelo y todo y lo extendí a lo largo de mi querida escoba...". Estando en estos pensamientos, no reparaba la brujita en la inusual algarabía del bosque. Un grupo de jóvenes, chicos y chicas, estaban recostados en el prado charlando a la luz de la luna y riendo despreocupadamente. No se percató tampoco de los tres chicos que la miraban sonrientes y con los ojos como platos desde la rama de un castaño, ni de la muchacha que intentaba una y otra vez trepar por el tronco de un Humero y que se echaba a reír cada vez que se iba al suelo. La brujita seguía sin comprender por qué el sencillo ingrediente, que la convertiría en la exuberante y voluptuosa bruja de purpúreos cabellos que debía seducir al cura y conducirle a los infiernos, no aparecía por ninguna parte. "El pequeño psilocybe crece a millares en las claras noches de otoño", protestaba la bruja, "todo el mundo lo sabe, ¿cómo puede ser que no se encuentre uno en todo el valle?". la brujita no reparó en que el pequeño psilocybe tiene, además de otras muchas propiedades, efectos alucinógenos y eso también lo sabe todo el mundo, y lo aprecia. "Sapos y culebras", refunfuñaba la brujita, "sapos y culebras".



Aquí vemos al cura con los sentidos embriagados por la pócima. El bebedizo surtió el efecto esperado. El cura ardió en deseos puramente sexuales. Las drogas suministradas por la brujita le produjeron extrañas pero fascinantes alucinaciones donde una pelirroja le amaba carnalmente (cosa que el cura deseaba desde hacía tiempo). Por supuesto la brujita no asistió a la orgía por lo que ya sabéis, si habéis leído el cuento, pero el cura tomó por pelirroja a Susón y él mismo se condenó. Ahí va, mirad cómo baila, caminando feliz hacia los infiernos.

LOS NOVIOS DE ELENA

Vemos aquí a dos de los novios de Elena matando el tiempo en un balneario, probablemente en Estambul. Ahora que los veo, aquí en el dibujo, y sabiéndola a ella en un crucero, pongamos..., por el pacífico, se me ocurren perversas ideas para mantener en forma a tan fieles enamorados hasta su regreso.


Elena es una chica muy propensa a cambiar de novio cada vez que se le estropea el que tiene, o a echarse uno nuevo sin abandonar al anterior. A miradas ajenas, indiscretas y entrometidas por otra parte, puede parecerles inmoral el comportamiento de esta mujer y, de hecho, abundan los comentarios acerca de esta cuestión en el barrio. A Elena, sin embargo, le trae sin cuidado cualquier tipo de rumor, máxime, cuando el rumor lleva su nombre. Los novios de Elena, aún guardando cierta discreción, no dejan de ser despreocupados, y cumplen con bastante laxitud con las formas o las maneras.
Quienes señalan a Elena como inmoral, ignoran el respeto que muestra hacia la pareja estable y hacia la fidelidad. Llegó Elena a formar pareja estable hasta con cinco novios, huelga decir que simultáneos, y a esos y a todos los demás les continua siendo fiel y asegura que nunca les traicionará.
Los novios de Elena, por su parte, no tienen nada que decir al respecto porque no se trata de sus vidas sino de la vida de Elena, y si alguno ha quedado relegado en alguna medida a un segundo plano, Elena lo atribuye a una falta de implicación de éste en la "relación de pareja" o bien a cierto hastío, siempre, por parte de él. Ciertamente, cuando esto sucede, el novio saliente casi agradece su condición, al tiempo que felicita y compadece al entrante y a los restantes.
Elena, a lo largo de los años, ha ido formándose un círculo de amantes que forman cada uno de ellos pareja estable con el centro, ella. Y Elena los quiere a todos y cada uno tal y como son, y cada uno quiere a Elena tal como es, o tal como ellos creen que es. Y así, en esa red, Elena duerme la vida, ama la vida, y vive. Y los novios de Elena no tienen nada que decir al respecto porque no se trata de sus vidas, se trata de la vida de Elena. De todas maneras ninguno ha soltado la red completamente durante todos estos años.
Moraleja, lo que se dice moraleja, no tiene esta historia, pero pocas parejas se pueden ver tan fieles y tan estables como las que Elena forma con cada uno de sus novios. Eso no se puede negar.

LA PARÁBOLA DEL BUEN PASTOR.



La vida es como intentar conducir un rebaño de vacas a través de las montañas. Debes saber primeramente a dónde ir y escoger la senda más descansada y segura y de agradable andar, y guiar a las vacas, a todas, por ella.
Cada aspecto de tu vida, incluso el más insignificante, es una vaca. El trabajo es una vaca, la vivienda es otra vaca. Otra vaca es la familia y el amor es otra vaca. Y el coche. Y el gas. Y los amigos. Todo son vacas que tienes que mantener arrebañadas para que, todas, sigan un camino común. Eso, es la coherencia.
Pero también el más coherente de los pastores, ese del que aquí hablaremos, está expuesto a que se le escape o incluso se le extravíe una vaca, la salud, por ejemplo. Y claro, se lleva con ella por lo menos un par de ellas más. Pongamos el dinero y el sufrimiento. Tres vacas que creía tener controladas, de pronto le están dando problemas a este coherente pastor que nos incumbe y es preciso que les dedique especial atención. Sin duda requerirá un tiempo y un esfuerzo hacer que tornen al rebaño, que a la par, no debe quedar desatendido. En ése momento, pongamos que la vaca Relaciones laborales aprovechando la confusión, decide campar a sus anchas por la pradería. El pastor no se da cuenta hasta que intentando controlar a la vaca Celos, que lleva unos días un tanto exaltada, ésta le suelta una patada que le hace volar y aterrizar. Entonces desde el suelo ve que hay más vacas descontroladas y hecha de menos a una. ¿Dónde está Vida social?.
El rebaño comienza a dispersarse. Las carreras del pastor prado arriba prado abajo y los aspavientos con la guiada empiezan a poner nerviosas a las pocas vacas que aún seguían el camino. Un tábano rabioso por el sol la paga con la vaca Sexo que, ya ansiosa de por sí, sale en escocida espantada. Por simpatía, Droga y vida nocturna salen tras ella. Desaparecen por el camino con torpe trote y soltando las ancas.
Mientras, el pastor, ha abandonado por completo la tarea de conducción y pierde el tiempo tirando de Relaciones laborales que se niega a avanzar. La vaca Prudencia se detuvo ante una rama que dormía en el camino y allí se quedó, formando un tapón, sin saber si cruzar sobre ella o bien rodearla para evitar pisarla y hacerse daño. Amor, desconcertada, se sienta y rumia las flores pastadas atrás.
Ya no hay rebaño. Sexo, Vida nocturna y Droga, que habían salido corriendo, ahora han destrozado un cerca y pastan en terreno ajeno. La vaca Crédito vivienda, ha parido un ternero con tres patas (le llamaremos Ibor) y la famélica vaca Ahorros, en los huesos, se tambalea perdida prado abajo. Extenuado y dolorido, el pastor cae de rodillas y descansa ahora a cuatro patas. Con la mirada clavada contra la hierba intentando recobrar el aliento mientras a su espalda, deslizándose entre los berizos, sediento de sexo, baja el lobo.


Aquí, vemos al lobo arreglándose para salir de caza. El instinto le dice que anda por el monte ganado suelto y que no dejará tampoco de haber algún pastor intentando reunirlo y mientras se ajusta la corbata el lobo casi saborea el festín.

EL CEBO Y EL SEÑUELO

Es peligroso confundir el cebo con el señuelo, sobre todo si en una relación cinegética no se es el cazador. El cebo es siempre atractivo o atrayente, de alguna manera llama a la presa. El cebo la espera y cuando se evidencia la trampa, la presa ya está en ella, cebándose, de ahí su nombre. Cebar a la presa es atraerla a la trampa con un exquisito bocado pero pierde casi toda su eficacia frente a animales inteligentes.
Los animales inteligentes huyen del cebo, lo entienden como tal, perciben la trampa. Pueden no identificarla, no descubrir el método, pero la perciben e "intuyen" el peligro. hablamos de una intuición aprendida, de un instinto creado por el razonamiento. Intuición inteligente o razonada, como prefiramos nombrarlo. El animal inteligente rehuye el cebo. No sirve tal arte para el animal inteligente.
El señuelo, es el instrumento adecuado para cazar animales inteligentes. El señuelo tiene la misma forma, el mismo olor, el mismo sabor, pesa lo mismo y es exactamente la misma materia que el cebo. Tan sólo una cosa diferencia al señuelo del cebo. El cebo se coloca en la trampa para apresar al animal cuando come. El señuelo simplemente parece un cebo, lo que hace desconfiar al animal inteligente y retroceder, pero no esconde trampa alguna. La trampa, en este arte está justo detrás del animal inteligente que se introduce en ella de espaldas sin perder de vista el señuelo, que él cree cebo.






Éste cuento pertenece a la tradición oral de los "Delacotes" y con él introducían a los más jóvenes en el ancestral arte de la caza. En la ilustración vemos a dos adolescentes siguiendo el rastro de alguna presa herida. No hay distinción de sexos a la hora de cazar en la tribu de los "Delacotes", tan sólo serán cazadores los más hábiles y eficaces ya que de la caza depende la supervivencia del clan. La edad de doce años se considera adecuada entre los "Delacotes" para cobrar su primera pieza y ésta es siempre celebrada con gran ceremonial. En un tiempo se les consideró peligrosos por sus hábitos alimenticios, exclusivamente antropófagos, pero hoy se sabe con certeza que la base de su canibalismo reside en la creencia de adquirir inteligencia y conocimiento mediante la ingestión de cerebros pensantes por lo que el "hombre blanco" está totalmente excluido de su dieta.

EL CEBO Y EL SEÑUELO II. (fábula)

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¿Recordáis al rey que había perdido la corona?, ¿no?. Bueno, tampoco es de extrañar. Uno recuerda durante apenas unos meses las grandes tragedias que él mismo sufrió, incluso las que sufrieron los seres queridos se disuelven con el tiempo. A quién le preocupa, pues, lo que le suceda a los causantes de dichas tragedias. De todas formas este es un ejemplo práctico de cómo ciertos animales habitualmente considerados inteligentes se introducen en su propia trampa tomando por cebos lo que sólo son señuelos. Algunos, obsesionados por la caza, ven cebos conde ni siquiera hay señuelos y huyen despavoridos únicamente perseguidos por sus propios temores. Poco importa que corran todo lo que puedan o que tomen las armas, ellos mismos suelen ser su peor enemigo.

Un leopardo quería comerse una hiena y esto fue lo que tramó (los leopardos son animales muy inteligentes). Tenía enterrados los restos de un antílope del que se había alimentado durante tres días. estaba ya un poco rancio y lleno de tierra y además el leopardo ya estaba harto de antílope. Aun así, los desenterró y los dejó a la sombra de una acacia a la cual se encaramó de un espléndido salto y se acostó sobre la panza en una de sus ramas. Dejó las patas y la cola colgando y apoyó el mentón en una ramita secundaria.
Pronto, apareció una hiena. Se acercaba cautelosa, se detuvo a una distancia prudencial y miró al leopardo encaramado en la acacia. "Puedes comer", dijo el leopardo, "yo no como carroña". La hiena sentó los cuartos traseros y le dijo al leopardo: "ya, pero... yo no soy carroña, recuerda que el cebo no es efectivo con animales inteligentes y las hienas somos también animales muy inteligentes, como los leopardos". El leopardo alzó entonces el mentón y dijo: "Me ofendes, Hiena. Acaso me crees tan estúpido como para querer darte caza con algo tan simple e inocente como un cebo. No, Hiena, tan sólo te digo que puedes comer tranquila que no te atacaré. Y si de paso me das conversación, mejor que mejor. Podemos pasar un buen rato conversando, entre animales inteligentes". "No Leopardo," dijo la hiena, "ahora el cebo ya no es la carroña sino tu apacible charla. Vuelves a errar y olvidas de nuevo que a los animales inteligentes no se nos caza con cebos".
El leopardo estaba ahora sentado con porte señorial sobre la rama de la acacia y rugió: "te digo que no es ningún cebo, Hiena, palabra de depredador. Tan sólo es un señuelo". "¿Un señuelo?, ¿y qué diferencia hay?", preguntó la hiena.
Mientras intentaba recuperar la cómoda postura de antes, el leopardo dijo: "acércate que te lo explicaré". El leopardo entonces, clavó sus ojos en los ojos de la hiena y comenzó a narrarle el cuento anterior, el de los Delacotes. A medida que ahondaba en el relato, el leopardo iba colocando, paulatina y disimulonamente, las patas en posición de salto, sin separar la panza ni el mentón de la rama y sin dejar de hablar. La hiena no perdía de vista ni uno de los movimientos del leopardo y por supuesto, siendo como era animal muy inteligente, adivinaba las taimadas intenciones del felino. La hiena comenzó a retroceder sin apartar la atención del leopardo que ya llegaba al final del cuento. "...Y entonces,", contaba el leopardo," el animal inteligente, se introduce de espaldas en la trampa mirando al señuelo que...". ahí la hiena comprendió. Dio un salto hacia delante y se giró aterrorizada ciento ochenta grados. Pero no había trampa a sus espaldas. Ésa trampa, también era un señuelo y ahora le daba la espalda a un leopardo en posición de salto.











LA SEÑORA, LA JOVEN PUNKY Y EL PERRO. (y la mierda)

Desde la ventana vi a una joven punky que venía con su perro calle abajo. Vestía unos pantalones reconstruidos, de imposible definición, ceñidos a unas impresionantes caderas (para quien se deje impresionar por esas cosas), únicamente una red a modo de top y una vistosa cresta de color naranja que resplandecía bajo el sol de junio y que decidió acicalar utilizando como espejo el ventanal de una cafetería muy seria que hay en mi calle.
Una señora que bajaba detrás de ella y que la adelantó cuando la joven se detuvo ante el improvisado tocador, no pudo evitar volver la mirada hacia atrás (quizás escandalizada, quizás simplemente interesada), ignorante de los anhelos del perro, que también buscaba la "toilette" y que ya la había encontrado justo delante suyo. La señora, que a punto estuvo de sentársele encima, esquivó al animal, mas no pudo esquivar la mierda.





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Supongo que huelga señalar quién es la joven punky y quién la señora que pisó la mierda, el perro es un Pastor Afgano de largas melenas y espléndida presencia y no aparece en la viñeta porque en ese preciso momento cruzó la calle tras una linda caniche. El chico que derrama la leche sobre el delicado busto de doña Anastasia Balaguer mientras contempla maravillado el de la joven punkuy, hay que reconocer que presta más atención a lo que sucede en la calle que a su propio trabajo, sin embargo, lo excusa el paupérrimo sueldo que cobra, las horas extras que no cobra y, en resumen, la precariedad laboral a la que se ve sometido precisamente en esos años de tremendas alteraciones hormonales como es la pubertad.

EL TONTO GENÓFANES


Genófanes vivía desnudo en un fértil valle, dentro de una diminuta choza confeccionada con ramas de los grandes bosques arrastradas hasta allí por el río, y techada con los juncos de la rivera cortados cuando la luna estaba en su cuarto menguante para que no se pudrieran. Un día, un hombre muy similar a él, llegó al valle y se acercó a su casa y le habló de esta manera: "bienhallado Genófanes, quisiera pedirte que me dejes descansar aquí unos días, en tu choza, pues camino desde hace muchos años intentando llegar a los confines del mundo y estoy extenuado. Te daré mis ropas y me quedaré en tu pequeña casa, y tú, si quieres, puedes continuar en mi lugar la búsqueda del abismo. Yo he decidido esperarlo aquí". Genófanes aceptó y salió hacía el horizonte allí por donde parecía quedar más cercano
Si Genófanes hubiera sido más listo no hubiera creído que el camino más corto al límite del mundo fuera por donde más cerca se veía el horizonte. Esto fue lo que creyó y lo que le hizo ascender a lo más alto de aquella cordillera donde, para desilusión suya, unos monjes de coloridas vestimentas y curiosas costumbres sexuales con los que convivió durante unas semanas, le explicaron que todo horizonte se encuentra igualmente lejano y que si algo se percibe más próximo, eso, tan sólo es un obstáculo que impide la visión. Los monjes le condujeron a la cima del pico más elevado de toda la cordillera y le mostraron el horizonte. Comprendió Genófanes al fin que aunque no pudiera vislumbrar más allá de cierto punto, no necesariamente significaba aquello que nada hubiera detrás.
Genófanes descendió feliz de las montañas, satisfecho de lo que había aprendido y más decidido a llegar a los confines del mundo ahora que casi los había contemplado desde lo alto de la montaña. Había visto el verdadero horizonte, "el horizonte sin obstáculos", pensaba, pero el desierto de sal al que llegó tras varios meses de tortuoso camino le desorientó. Apenas divisaba ya las grandes montañas de los monjes que no eran más que una delgada sombra allí donde alcanza la visión. Además de tonto, o quizás por ello, era Genófanes desmemoriado y no recordó con exactitud lo que uno de los monjes le aconsejó. "Camina siempre hacia la puesta de sol y detente al oscurecer", le había dicho. "Come por la mañana, y a la tarde, digeridos los alimentos, camina de nuevo hasta que vuelva a caer la noche, así caminaras en línea recta y si algún confín existe ése será el camino más corto hacia él". Se lo explicó bien claro pero Genófanes ya no recordaba apenas nada. Algo le había dicho el monje del sol y del camino pero no estaba demasiado seguro de cómo ni con qué sentido, así que cuando se vio en el desierto, con todo el horizonte rodeándole en un inmenso círculo pensó: "ningún lugar se ve más cerca ni mas lejos que otro, he debido errar el camino y me encuentro ahora en el centro del mundo. Sin embargo, es ahora cuando debo comenzar mi búsqueda, desde aquí, desde el centro del mundo hasta sus últimos confines", e intentando enlazar los conceptos que lograba recordar de los consejos del monje acertó a caminar siguiendo siempre a su propia sombra confiado en que así caminaría en línea recta, que también eso se lo había escuchado nombrar al monje.

GENÓFANES Y LOS MERCADERES

Caminó así, tras su propia sombra, durante casi un año hasta que un día topose con una caravana de mercaderes que traían de oriente preciosas telas bordadas de oro, de las tierras del sur, las más finas vasijas de barro cuyas paredes eran tan delgadas como el pergamino, brazaletes de plata engastados con zafiros y rubíes que aseguraban habían pertenecido a guerreros de un continente hundido. Le mostraron una antiquísima corona de oro, completamente abollada y ya desprovista de toda pedrería, de la que contaban que había sido regalada por un Rey a unos gitanos. Traían además extraños artilugios con los que, tras haberse hartado de reír cuando les contó que buscaba los confines del mundo caminando tras su propia sombra para ir en línea recta tal y como le había aconsejado un monje en las montañas, le explicaron al Tonto Genófanes que haciendo eso que hacía, y según aquellos aparatos, caminaba rumbo a Occidente al alba, al Norte al medio día, y volvía a caminar en dirección a Oriente hasta el anochecer. Sobre magníficos mapas realizados por ciertos navegantes, los mercaderes mostraron a Genófanes cómo había estado trazando parábolas en dirección al frío norte de donde ellos venían. Los mercaderes también le contaron a Genófanes que de creer los, por otro lado poco fiables, testimonios de viciosos y fanfarrones marinos, los confines del mundo se encuentran en el mar y no en tierra firme, y viven allí grandes y temibles monstruos y las aguas de fortísimas corrientes arrastran a las naves al abismo donde son engullidas por la nada con toda la tripulación, pero que ciertamente ellos no habían visto eso jamás y pensaban más bien que el mundo era infinito, como el cielo. Genófanes recordó entonces las palabras del monje y respondió a los mercaderes que el hecho de que ellos nunca hubieran visto esos increíbles lugares de los que dicen que hablan los marinos no significa que no existieran. "Simplemente, desde aquí no se observan", les dijo. Y ellos se quedaron muy pensativos.
Los mercaderes aceptaron llevar a Genófanes hasta la Gran Ciudad de las Altas Torres donde podría, si como parecía era ése su deseo, embarcarse en alguno de los navíos que parten con seda y especias hacia las más lejanas tierras del sur, a cambio de que realizara algunos de los trabajos cotidianos de la caravana, como armar y desarmar las Haimas, cepillar los caballos, y lustrar las cabalgaduras. Cuando llegaron a la Gran Ciudad de las Altas Torres los mercaderes se despidieron de Genófanes a carcajada limpia y prosiguieron su viaje hacia las ciudades de Occidente donde esperaban vender sus mercancías. Genófanes quedó solo en la ciudad, completamente extasiado, dudando de si lo que veía era una prueba de que los confines del mundo todavía se hallaban muy lejos, o por el contrario los tenía ante sus ojos. Había soñado que aquel gran abismo infinito, como el cielo, sería un paraje yermo, frío o ardiente pero sin lugar a dudas insoportable para cualquier forma de vida. Tanta vida a su alrededor le indicaba que no podía ser eso el fin del mundo, sin embargo, la Gran Ciudad de las Altas Torres, se asemejaba más a un infierno que a un asentamiento urbano. En verdad hacía honor a su nombre, los edificios estaban dispuestos muy ordenadamente en hileras dejando estrechos pasadizos por los que las gentes se abrían paso los unos entre los otros; vendedores unos, compradores todos, paseantes, soldados, niños corriendo enloquecidos de allá para acá. No existía allí el horizonte y el sol apenas se vislumbraba entre las altísimas construcciones unidas entre sí por miles de cables que tejían una tela de araña suspendida sobre las calles.
Genófanes vagó por la ciudad desconcertado por su afanoso ritmo, carruajes al trote entre los viandantes, tranvías con racimos humanos colgando de sus puertas, ladrones que le vapulearon y se burlaron de él tras comprobar que no llevaba nada que robarle salvo las ropas. Desnudo, buscó al oscurecer refugio entre las sombras y pasó la noche acurrucado bajo unas tablas donde se encontró con otro hombre de aspecto muy semejante al suyo antes de que le robaran las vestiduras. Ese hombre no se rió de Genófanes cuando éste le habló del fin del mundo y de su decisión de visitarlo y de las peripecias que llevaba pasadas intentando encontrarlo, sino que le explicó cómo es inútil perseguir el horizonte, nos parezca próximo o lejano, ya que éste se mueve con nosotros. Le hizo ver a Genófanes cómo allí debajo, donde estaban escondidos, el horizonte les tocaba en la nariz. Y cuando salieran, el horizonte se estrellaría contra los edificios y que "cuando viajamos", decía el otro hombre, "nos llevamos el horizonte con nosotros desplazando, por lo tanto, también el fin del mundo". "Lo único que podemos hacer es esperar", dijo aquel hombre tan similar a él, y esperaron allí durante muchos días.



Genófanes quedó de pie en medio del desierto, jurando y perjurando que ante él tenía la Gran Ciudad de las Altas Torres. Los mercaderes que al principio se reían de Genófanes le tomaron luego por un loco peligroso, por eso los vemos seguir su camino un tanto perplejos. Los mercaderes no pueden viajar sino en el espacio y no pueden morir más que una sola vez y no pueden ver la Gran Ciudad de las AltasTorres

GENÓFANES EN LOS CONFINES DE LA TIERRA

En ese tiempo las dudas abordaron a Genófanes que empezó a pensar si no tendrían razón los mercaderes, ¿y si el mundo fuera infinito?, ¿y si no existiera ningún confín?. ¿Será la tierra como el cielo, infinita en todas sus dimensiones?. Salió del agujero en el que llevaba escondido desde su llegada a la Gran Ciudad de las Altas Torres y se embarcó en un buque que partía hacia las costas de los elefantes y vio mares terribles pero no abismos infinitos. Se enroló más tarde en un ballenero del emperador de la tierra de los volcanes y vio los grandes monstruos del mar pero ningún límite mundano vio, después pasó a formar parte del ejército de la gran república que conquistó todo un continente, pero él cayó en manos del enemigo y pasó largos y penosos años de presidio en tierras de hielos. Allí sufrió la miseria de las cadenas pero no eran, a su juicio, los confines del mundo aquello, Logró escapar e introducirse en un tren que le condujo a más amables climas y ciudades. Caminando, una vez libre, ascendió montañas, vadeó los más feroces torrentes allí por donde sus aguas muestran mayor bravura. Atravesó desiertos de arena, de sal, de rocas e incluso de flores. Llegó finalmente un día a la Triste Ciudad de las Negras Ruinas y allí, creyó encontrar Genófanes el fin del mundo. Tal como él lo había soñado, yermo, árido, irrespirable su aire, enfermiza su simple contemplación, restos de construcciones y montones de escombros formaban tétricas colinas y cráteres. Le pareció que había allí más muerte que en todos los terribles lugares que conoció. Aun en los devastados hielos el mundo seguía pareciendo infinito. Aquí, en cambio, el fin se hacía inminente. No podía ser aquello otra cosa más que el último confín de la tierra porque ésa era la única sensación que se podía percibir en ese infierno. Al pensar esto, un montón de tablas cayó al suelo y Genófanes vio un hueco como una madriguera y dentro del hueco un hombre de aspecto muy similar a él. "Salí de mi casa en busca de los confines de la tierra", dijo Genófanes, "allí donde el mundo termina y todo debe detenerse ante el abismo infinito que se tiende a sus pies, como el cielo. Recorrí imperios y reinados, conocí faraones y gobernadores, anduve todos los caminos y navegué todos los mares hasta llegar aquí, al último confín de la tierra. El hombre le dijo: "en verdad estás ahora en el mismo lugar que yo, y yo estoy donde me dejaste por dos veces. Has recorrido la tierra varias veces y has vuelto al punto de partida para encontrar aquí lo que habías salido a buscar. ¿lo ves, Genófanes?, cómo tan sólo hacía falta esperar".
No hay ilustración del fin del mundo, lo siento.

EL CRÍTICO

El crítico había perdido la razón, le faltaban referencias. De pronto, era incapaz de discernir intenciones de resultados. Esa teoría con la que tantas y tantas páginas colmó, con la que descubrió "genios" y desenmascaró "charlatanes" ensalzando al verdadero artista reconocible tan sólo por sus intenciones plasmadas en el lienzo, fue la que le desconcertó. Reivindicando esas intenciones como lo único que hace al artista diferente del resto, mediocres y diletantes, aun habiendo alcanzado éstos cierto renombre con simples "buenos resultados", justificaba su oficio, proclamándose a sí mismo infalible al separar el grano de la paja.
Buscó la intención en los trazos con tal empeño que no pudo más que hallarla. Así, no sólo descubrió esa intención en absolutamente todas las obras que examinó sino que se topó de frente con el momento en que ésta quedó plasmada. En cada trazo encontró pulsaciones; anónimas y célebres, recientes y remotas en el tiempo. Estaban en los cuadros de los museos y en los bocetos de los estudiantes, estaban en toda obra. Ésa parecía ser la materia común del arte, de lo que está hecho el arte. Momentos recogidos en trazos.
Llegó a resultarle imposible contemplar un cuadro sin recrear en su mente el proceso completo de su elaboración. Podía ver al artista, sentir al artista, ser el artista mientras concebía, gestaba, y paría su obra. Pintaba con él, e impotente, mezclaba en cada pincelada intenciones con resultados, éxitos con fracasos, lágrimas y risas, ilusiones y despechos, todo en un lienzo embadurnado. "Cada error es tan obra como cada acierto", concluyó el crítico, y aun añadía: "no hay errores en una obra de arte, hay vida, hay momentos, hay trazos. No hay arte bueno ni arte malo. No existe artista mejor ni peor que otro. No hay nada en "Las Meninas" que no haya en el monigote garabateado por un niño. Nada en "La Rendición de Breda" que no encontremos en "la pequeña espigadora". Nada en toda la obra de Renoir que no esté también en toda la de Goya, en la de Kandinski, Rubens, en los anónimos artistas rupestres". Perdió la razón, el crítico. Y por supuesto el trabajo.


Vemos en la ilustración al crítico abandonando el estrado el día que expuso las conclusiones a las que había llegado tras largos meses de estudio y reflexión. Ni que decir tiene que nadie le había invitado a proclamar semejante manifiesto y que de haberse conocido sus intenciones se le habría cesado antes de emprender ningún estudio. El Crítico debía limitarse a leer un discurso zalamero con el autor presentado, describir y adular su técnica y en una palabra, certificar la autenticidad y la rentabilidad de la inversión a los posibles pujantes. Pero no lo hizo... y la subasta hubo de suspenderse.

7.1.06

¡MIERDA, LA CORONA!





Éste que tenemos aquí es Martín Palomo. En este dibujo apenas tiene nueve años y nadie podría por aquel entonces imaginar que se convertiría, quince años más tarde, en uno de los más despiadados bandoleros de la península. Los escuadrones de soldados cruzaban al galope los bosques si habían oído decir que Martín Palomo merodeaba por ellos con sus hombres. Las emboscadas eran siempre aplastantes. Los asaltos a los correos, por no se sabe qué causa, inevitables. Sin embargo el pueblo no llegó a apreciar el valor que la sola existencia de Martín Palomo suponía para su propia libertad. Más bien esperaban un héroe que les rescatara de las garras del déspota que los gobernaba, un ladrón que robara a los ricos para dárselo a los que no se atrevían a robar para alimentar a sus propios hijos, a los cobardes, a ellos. No les bastó el ejemplo de la libertad. No quisieron hacer lo que Martín Palomo hacía, querían que Martín Palomo lo hiciese por ellos, que fuese su mártir, pero Martín Palomo no quiso ser mártir sino de él mismo y el pueblo se ofendió. Y el pueblo dijo que no se podía uno tomar la causa en beneficio propio y Martín Palomo dijo que si la causa no era en beneficio propio de cada uno, entonces no era su causa. El pueblo no le amparó cuando los soldados le cercaron. El pueblo no le consideró uno de los suyos porque no lo era. A Martín palomo lo ahorcaron por ingobernable y el pueblo continúa bajo las garras del déspota. Pero eso todavía está por llegar porque en este dibujo Martín Palomo apenas tiene nueve años. Aquel de lo alto, es el Rey del que habla el cuento, protestando por la pérdida de su corona. (2)



Un Rey descansaba plácidamente en su alcoba cuando alguien golpeó fuertemente las puertas del castillo. "¿Quién va?", preguntó el Rey bastante malhumorado, ya que ese importunio de llamada le había sacado del placentero ensimismamiento en el que estaba sumido contemplando su corona. "Un amigo", respondió una voz ahogada desde fuera de los muros. "¿Un amigo?", Inquirió el Rey, "¿Qué amigo?, no espero a ninguno de mis amigos a estas horas". "Tan sólo pretendo hablar con Vos, abrid por Dios". La voz del inesperado visitante apenas alcanzaba a recorrer los marmóreos pasillos para llegar casi inaudible a los aposentos del Rey, así que éste le rogó que hablara más alto, a lo que la voz respondió: "Señor, no quisiera llamar la atención". Entonces el Rey sospechó algo malo. "¿Tal vez ignoráis que nadie más que yo habita el castillo?. He hecho expulsar de la corte a todos los traidores y usurpadores que únicamente anhelaban mi corona. ¿Cómo podéis no saberlo y al tiempo deciros mi amigo?. ¿No perseguiréis, ¡Vive Dios!, Vos también mi corona?". Hubo un silencio y entonces el Rey temió por su vida.
Tomó de encima de una cómoda de caoba maciza traída de las tierras de África, la corona (la había dispuesto allí para contemplarla) y se la colocó en la cabeza. Le iba un poco grande porque estaba hecha para el algo más voluminoso cráneo de su antecesor que, por cierto, terminó siéndole separado del tronco de un sólo tajo.
Armado con un contundente espadón y escudado tras el blasón de su estirpe, encaminó pesadamente escaleras abajo dispuesto a plantar batalla "...contra aquel que con simple truco pretende hacer reposar mi corona sobre su propia cabeza. Mas yo se la separaré del tronco de un sólo tajo tal como...". De pronto, el Rey dudó, y pensó que quizás no fuera muy prudente plantar batalla sin conocer con cierta exactitud el número y género de los contrincantes ya que, si bien la voz era una, los usurpadores podían ser varios y silenciosos. Recordó que tres bravos y avezados guerreros resultaron malparados y que sólo uno de los siete que formaban la comitiva que dio muerte al anterior monarca salió ileso, él. Y su suerte debe más favores a la prudencia que a la lucha cuerpo a cuerpo.
Así que llegado que hubo a estas conclusiones, encaminose de nuevo a toda prisa escaleras arriba con la intención de hacerse fuerte en lo alto de la almena. Mientras ascendía por las empinadas escaleras de exagerados peldaños fatigosos de subir (y harto peligrosos en el descenso) pensaba que no debía en esos momentos dejarse confundir por los miedos, que debía conservar la calma, los miembros tensos y la cabeza despejada. Cuando culminó su ascensión, en la cima de la torre, cayó de rodillas jadeando y con la lengua afuera. Gateó hasta la balaustrada arrastrando el espadón con el que se destrozó las rodillas cuando subía y cargando con el escudo del que se habían desprendido los correajes en mitad de las escaleras, descansó unos instantes la espalda contra la piedra e izose. Desde allí podría ver a sus atacantes, pensó, y asomose, mas no reparó en la holgura de su corona hasta que la vio alejarse en dirección al suelo muros abajo y estrellarse contra los adoquines. "¡Mierda, la corona!", exclamó.
Los conspiradores, si los hubo, ya se habían marchado, y las pocas fuerzas que le quedaban no le permitían tan siquiera mantenerse en pie. Maltrecho y avergonzado, sólo pudo contemplar cómo un carromato de gitanos se detuvo ante la corona abollada y dos churumbeles, tras varias bromas y un par de patadas, la echaron al carro con los demás trastos que recogían.



El rey del que habla el cuento, antes de ser rey, era uno de los hombres de confianza del rey, del que reinaba en aquel entonces. Lo que vemos en la ilustración no es otra cosa que el desenlace de la conspiración que se venía tramando en el último año y que todo el mundo, a excepción del monarca, veía inminente en los últimos días. Las condiciones no podían ser más claras, el monarca se había creado numerosos enemigos dentro de la corte al conceder ciertos territorios a la iglesia. Esto era algo habitual pero en este caso todo indicaba que la concesión era un pago por algún tipo de favor por parte del estamento clerical. Ciertos nobles, vieron descender su poder en esas regiones que ya habían disputado con la iglesia en otra ocasión y que entonces se saldó con la magnánima decisión real en favor de la iglesia. Los nobles interpretaron este hecho como un claro posicionamiento y en ésta segunda ocasión temieron ser desposeídos de sus privilegios. Por otro lado el pueblo se vio salvajemente recaudado por las dos partes y, por supuesto siempre en nombre del rey. Para la iglesia, aun saliendo ventajosa en el reparto, la necesidad de la aprobación de su majestad para cada movimiento le resultaba incómoda y cuanto más poder adquiría más caro le salía negociar con el rey. Como digo, todo el mundo lo veía venir. El rey del que habla el cuento, antes de ser rey, también se lo vio venir. Se mantuvo, en aquella ocasión, al margen y en silencio, como vemos en el dibujo.

MENUDO TOMATE.


Tengo ahora mismo encima de mi escritorio un tomate. Un tomate rojo y brillante. Y nada más. Bueno, sí, tengo más cosas sobre el escritorio. Tengo además del tomate un bloc de dibujo que me amenaza con la blancura de su hoja, arma blanca que traspasa mi corazón y aterroriza mi mente. Tengo una lapicera portaminas que no me atrevo ni a tocar así fuera un fusil, como si con ella debiera yo firmar la condena de otro. A su lado una goma de borrar, que más la precisara para mis actos cotidianos que para los trazos sobre el papel, me sirve de apoyo moral. Y el tomate. Cuando digo que nada más me estoy refiriendo a que no me dice nada, no encuentro una historia, sólo veo el tomate. El tomate que coloqué delante de mí y del que me propuse escribir un breve relato (y rematarlo luego con una ilustración) y ante el cual me sorprendo ahora con la misma actitud pasmada que antes con el bloc en blanco.
¿Cómo puede ser que me vea incapaz de escribir acerca de lo que tengo materialmente delante?. No le faltan propiedades al tomate, ni vitamínicas ni literarias, para escribir no digo uno sino cientos de libros enteramente dedicados a tan saludable hortaliza. ¿Como puede ser que a mí, en este momento, no me salga ni una sola palabra dedicada al tomate?. Ilustres tomates pueblan con toda seguridad las páginas de nuestra literatura, al menos en los quinientos años que lleva la planta tomatera en el viejo continente. ¿Tantos que no cabe uno más?, ¿será que todo está escrito y por ello no puedo yo escribir ya de tomates?. No, eso no puede ser, sería mi ruina. Si de los tomates todo estuviera escrito qué quedaría por escribir del amor que es el tema por todos achicharrado. Además, apenas hace doscientos años que se considera aquí comestible, (el tomate, no el amor). Sin duda debe quedar mucho por escribir sobre los tomates, pero qué, me pregunto.
Vuelvo a mirar al tomate y pienso si no sería mejor una zanahoria. Ya iba en dirección a la cocina cuando me di cuenta que estaría en la misma situación delante de una endibia que es, en realidad, lo único que queda en la nevera, las zanahorias las terminé antesdeayer. Y ya estoy de nuevo con el tomate. Mirándole fijamente. De pronto me aterroriza una idea, repito mis propias palabras: "estaría en la misma situación delante de una endibia..." y reflexiono. Estaría en la misma situación delante de cualquier vegetal, delante de cualquier objeto, y pienso por un instante que jamás volveré a tomar la pluma. Sacudo la cabeza y vuelvo a mirar tozudo al tozudo tomate. Nada más que un tomate. Ni prosa ni verso, ni dibujarlo puedo. Dibujar qué, un tomate haciendo qué, ¿un tomate encima del escritorio?, jamás, un tomate sobre el escritorio ya lo tengo, no necesito dibujarlo. Necesito dibujar la historia del tomate, de ese tomate. Pero antes debo escribirla. ¿Qué?. Quizás la historia de una tomatera plantada en los jardines del palacio de algún noble de la corona de castilla que obligado de favores a la Reina hubo de aceptar el regalo de aquella estrambótica planta traída de las Américas y aparentemente venenosa, con la que "la Católica" se empeñó en decorar los paseos de la corte. O podría ser la historia del primer tomate al que se le consideró comestible y que aún siendo el primero, no dejaba de ser tan comestible como el resto de sus antecesores allá en el nuevo continente donde los que allí habitaban antes de ser nuevo, conocían su sabor y su alimento desde tiempos inmemoriales, porque en realidad era aquella tierra también un viejo continente, pero en occidente lo ignoraban, por lo que se le transformó, de igual manera que a sus compañeros de cesto, rabanitos y espárragos trigueros, en ensalada, con aceite de oliva, claro está. Otra historia pudiera ser... ¡ah! Que angustia, paso, no se me ocurre nada.


Aquí estaba yo hace un rato devanándome los sesos para escribir un cuento de tomates. Pero como no se me ocurría nada, me fui, por eso no aparezco en el dibujo. A veces uno actúa un poco a la ligera y manda a la mierda lo que trae entre manos a la primera de cambio. Como podéis comprobar, si no hubiera sido yo tan tozudo y no me hubiese pasado dos horas y media con la vista clavada en el puñetero tomate, si me hubiera relajado y, con ayuda de alguna droga legal (un Gintonic, por ejemplo) me hubiera puesto a contemplar y reflexionar sobre mi propio entorno, no dejaría de habérseme ocurrido algo. En fin, a lo hecho, pecho.