GENÓFANES Y LOS MERCADERES
Caminó así, tras su propia sombra, durante casi un año hasta que un día topose con una caravana de mercaderes que traían de oriente preciosas telas bordadas de oro, de las tierras del sur, las más finas vasijas de barro cuyas paredes eran tan delgadas como el pergamino, brazaletes de plata engastados con zafiros y rubíes que aseguraban habían pertenecido a guerreros de un continente hundido. Le mostraron una antiquísima corona de oro, completamente abollada y ya desprovista de toda pedrería, de la que contaban que había sido regalada por un Rey a unos gitanos. Traían además extraños artilugios con los que, tras haberse hartado de reír cuando les contó que buscaba los confines del mundo caminando tras su propia sombra para ir en línea recta tal y como le había aconsejado un monje en las montañas, le explicaron al Tonto Genófanes que haciendo eso que hacía, y según aquellos aparatos, caminaba rumbo a Occidente al alba, al Norte al medio día, y volvía a caminar en dirección a Oriente hasta el anochecer. Sobre magníficos mapas realizados por ciertos navegantes, los mercaderes mostraron a Genófanes cómo había estado trazando parábolas en dirección al frío norte de donde ellos venían. Los mercaderes también le contaron a Genófanes que de creer los, por otro lado poco fiables, testimonios de viciosos y fanfarrones marinos, los confines del mundo se encuentran en el mar y no en tierra firme, y viven allí grandes y temibles monstruos y las aguas de fortísimas corrientes arrastran a las naves al abismo donde son engullidas por la nada con toda la tripulación, pero que ciertamente ellos no habían visto eso jamás y pensaban más bien que el mundo era infinito, como el cielo. Genófanes recordó entonces las palabras del monje y respondió a los mercaderes que el hecho de que ellos nunca hubieran visto esos increíbles lugares de los que dicen que hablan los marinos no significa que no existieran. "Simplemente, desde aquí no se observan", les dijo. Y ellos se quedaron muy pensativos.
Los mercaderes aceptaron llevar a Genófanes hasta la Gran Ciudad de las Altas Torres donde podría, si como parecía era ése su deseo, embarcarse en alguno de los navíos que parten con seda y especias hacia las más lejanas tierras del sur, a cambio de que realizara algunos de los trabajos cotidianos de la caravana, como armar y desarmar las Haimas, cepillar los caballos, y lustrar las cabalgaduras. Cuando llegaron a la Gran Ciudad de las Altas Torres los mercaderes se despidieron de Genófanes a carcajada limpia y prosiguieron su viaje hacia las ciudades de Occidente donde esperaban vender sus mercancías. Genófanes quedó solo en la ciudad, completamente extasiado, dudando de si lo que veía era una prueba de que los confines del mundo todavía se hallaban muy lejos, o por el contrario los tenía ante sus ojos. Había soñado que aquel gran abismo infinito, como el cielo, sería un paraje yermo, frío o ardiente pero sin lugar a dudas insoportable para cualquier forma de vida. Tanta vida a su alrededor le indicaba que no podía ser eso el fin del mundo, sin embargo, la Gran Ciudad de las Altas Torres, se asemejaba más a un infierno que a un asentamiento urbano. En verdad hacía honor a su nombre, los edificios estaban dispuestos muy ordenadamente en hileras dejando estrechos pasadizos por los que las gentes se abrían paso los unos entre los otros; vendedores unos, compradores todos, paseantes, soldados, niños corriendo enloquecidos de allá para acá. No existía allí el horizonte y el sol apenas se vislumbraba entre las altísimas construcciones unidas entre sí por miles de cables que tejían una tela de araña suspendida sobre las calles.
Genófanes vagó por la ciudad desconcertado por su afanoso ritmo, carruajes al trote entre los viandantes, tranvías con racimos humanos colgando de sus puertas, ladrones que le vapulearon y se burlaron de él tras comprobar que no llevaba nada que robarle salvo las ropas. Desnudo, buscó al oscurecer refugio entre las sombras y pasó la noche acurrucado bajo unas tablas donde se encontró con otro hombre de aspecto muy semejante al suyo antes de que le robaran las vestiduras. Ese hombre no se rió de Genófanes cuando éste le habló del fin del mundo y de su decisión de visitarlo y de las peripecias que llevaba pasadas intentando encontrarlo, sino que le explicó cómo es inútil perseguir el horizonte, nos parezca próximo o lejano, ya que éste se mueve con nosotros. Le hizo ver a Genófanes cómo allí debajo, donde estaban escondidos, el horizonte les tocaba en la nariz. Y cuando salieran, el horizonte se estrellaría contra los edificios y que "cuando viajamos", decía el otro hombre, "nos llevamos el horizonte con nosotros desplazando, por lo tanto, también el fin del mundo". "Lo único que podemos hacer es esperar", dijo aquel hombre tan similar a él, y esperaron allí durante muchos días.
Los mercaderes aceptaron llevar a Genófanes hasta la Gran Ciudad de las Altas Torres donde podría, si como parecía era ése su deseo, embarcarse en alguno de los navíos que parten con seda y especias hacia las más lejanas tierras del sur, a cambio de que realizara algunos de los trabajos cotidianos de la caravana, como armar y desarmar las Haimas, cepillar los caballos, y lustrar las cabalgaduras. Cuando llegaron a la Gran Ciudad de las Altas Torres los mercaderes se despidieron de Genófanes a carcajada limpia y prosiguieron su viaje hacia las ciudades de Occidente donde esperaban vender sus mercancías. Genófanes quedó solo en la ciudad, completamente extasiado, dudando de si lo que veía era una prueba de que los confines del mundo todavía se hallaban muy lejos, o por el contrario los tenía ante sus ojos. Había soñado que aquel gran abismo infinito, como el cielo, sería un paraje yermo, frío o ardiente pero sin lugar a dudas insoportable para cualquier forma de vida. Tanta vida a su alrededor le indicaba que no podía ser eso el fin del mundo, sin embargo, la Gran Ciudad de las Altas Torres, se asemejaba más a un infierno que a un asentamiento urbano. En verdad hacía honor a su nombre, los edificios estaban dispuestos muy ordenadamente en hileras dejando estrechos pasadizos por los que las gentes se abrían paso los unos entre los otros; vendedores unos, compradores todos, paseantes, soldados, niños corriendo enloquecidos de allá para acá. No existía allí el horizonte y el sol apenas se vislumbraba entre las altísimas construcciones unidas entre sí por miles de cables que tejían una tela de araña suspendida sobre las calles.
Genófanes vagó por la ciudad desconcertado por su afanoso ritmo, carruajes al trote entre los viandantes, tranvías con racimos humanos colgando de sus puertas, ladrones que le vapulearon y se burlaron de él tras comprobar que no llevaba nada que robarle salvo las ropas. Desnudo, buscó al oscurecer refugio entre las sombras y pasó la noche acurrucado bajo unas tablas donde se encontró con otro hombre de aspecto muy semejante al suyo antes de que le robaran las vestiduras. Ese hombre no se rió de Genófanes cuando éste le habló del fin del mundo y de su decisión de visitarlo y de las peripecias que llevaba pasadas intentando encontrarlo, sino que le explicó cómo es inútil perseguir el horizonte, nos parezca próximo o lejano, ya que éste se mueve con nosotros. Le hizo ver a Genófanes cómo allí debajo, donde estaban escondidos, el horizonte les tocaba en la nariz. Y cuando salieran, el horizonte se estrellaría contra los edificios y que "cuando viajamos", decía el otro hombre, "nos llevamos el horizonte con nosotros desplazando, por lo tanto, también el fin del mundo". "Lo único que podemos hacer es esperar", dijo aquel hombre tan similar a él, y esperaron allí durante muchos días.

Genófanes quedó de pie en medio del desierto, jurando y perjurando que ante él tenía la Gran Ciudad de las Altas Torres. Los mercaderes que al principio se reían de Genófanes le tomaron luego por un loco peligroso, por eso los vemos seguir su camino un tanto perplejos. Los mercaderes no pueden viajar sino en el espacio y no pueden morir más que una sola vez y no pueden ver la Gran Ciudad de las AltasTorres

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