8.1.06

HMMM...



La madre piensa "qué malo has sido", y con los brazos en jarra y el ceño fruncido mira al niño y por única amonestación, ante la cual el niño baja la cabeza, suelta un cortante "Hmm...".
El padre piensa que no está ella en situación de regañar a nadie, y menos al niño que lo hizo inocentemente, sin maldad. El padre, incluso llega a pensar si no habrá sido ella misma quien la colocó allí para que él la encontrara, para darle celos. Es ahí donde a él se le puede oír un leve y continuo "Hmm...".
El vecino llega tarde al trabajo y ya es la tercera vez esta semana. Con la taza de café en una mano y un bollo suizo en la otra recorre la casa de un lado a otro, maldiciendo, hasta que de pronto, se detiene y al recordar dónde puede estar la jodida corbata se aplasta el bollo suizo contra la frente y piensa en la inminente catástrofe. Deja salir un resignado "Hmm...".
el niño no entiende por qué se arma tanto escándalo por una cosa tan simple. Él sólo lo dijo por ayudar y no hubiera respondido: "del señor que salió corriendo cuando tu entraste", si el padre no hubiera preguntado "¿de quién coño es esta corbata?". de todas maneras al niño le importa un pito las cosas de los mayores, así que sigue jugando tranquilamente después de soltar un despreocupado "Hmm...".


Pensar hace ruido y "hmm..." es la onomatopeya del pensamiento. Aunque es posible pensar en silencio y sin levantar sospechas, incluso es posible no pensar, lo habitual es pensar sin proponérselo y no darse uno cuenta del ruido que hace pensando. Por contra, lo habitual también es no estar atentos a los pensamientos del prójimo con lo cual, tanto los sonidos que producen los pensamientos como los propios pensamientos en sí con toda la información que conllevan, suelen pasar totalmente desapercibidos entre las gentes, más atentas quizás a sus propias cábalas y sus extremas conclusiones de las cuales unas veces se enorgullecen y otras se avergüenzan, que a los pesares o aún a las alegrías ajenas. En definitiva, pensar en silencio manteniendo la intimidad de nuestro pensamiento requiere concentración y esfuerzo y puede resultar tarea imposible si quien nos observa insiste en escudriñar en él. Si nuestro interlocutor no pierde uno sólo de nuestros gestos, si permanece alerta ante cualquier indicio de idea, entonces podrá escuchar nuestro cerebro funcionado. Si además ha tenido tiempo para estudiarnos, por cercanía o convivencia, quién sabe entonces si, por habilidad o por entrenamiento, ya logra vislumbrar qué ideas son las que suenan en cada momento y, a la par que nos observa, nos psicoanaliza, nos pone a prueba, nos tienta, y finalmente descubre un punto de cinismo, una mentira, un foco de hipocresía que amenaza con extenderse, y piensa en desenmascararnos. Si estamos atentos en ese momento, le oiremos cómo deja salir una "M" por la nariz, en forma casi de suspiro, emitiendo un "Hmm..." que a la vez le delata.