7.1.06

MENUDO TOMATE.


Tengo ahora mismo encima de mi escritorio un tomate. Un tomate rojo y brillante. Y nada más. Bueno, sí, tengo más cosas sobre el escritorio. Tengo además del tomate un bloc de dibujo que me amenaza con la blancura de su hoja, arma blanca que traspasa mi corazón y aterroriza mi mente. Tengo una lapicera portaminas que no me atrevo ni a tocar así fuera un fusil, como si con ella debiera yo firmar la condena de otro. A su lado una goma de borrar, que más la precisara para mis actos cotidianos que para los trazos sobre el papel, me sirve de apoyo moral. Y el tomate. Cuando digo que nada más me estoy refiriendo a que no me dice nada, no encuentro una historia, sólo veo el tomate. El tomate que coloqué delante de mí y del que me propuse escribir un breve relato (y rematarlo luego con una ilustración) y ante el cual me sorprendo ahora con la misma actitud pasmada que antes con el bloc en blanco.
¿Cómo puede ser que me vea incapaz de escribir acerca de lo que tengo materialmente delante?. No le faltan propiedades al tomate, ni vitamínicas ni literarias, para escribir no digo uno sino cientos de libros enteramente dedicados a tan saludable hortaliza. ¿Como puede ser que a mí, en este momento, no me salga ni una sola palabra dedicada al tomate?. Ilustres tomates pueblan con toda seguridad las páginas de nuestra literatura, al menos en los quinientos años que lleva la planta tomatera en el viejo continente. ¿Tantos que no cabe uno más?, ¿será que todo está escrito y por ello no puedo yo escribir ya de tomates?. No, eso no puede ser, sería mi ruina. Si de los tomates todo estuviera escrito qué quedaría por escribir del amor que es el tema por todos achicharrado. Además, apenas hace doscientos años que se considera aquí comestible, (el tomate, no el amor). Sin duda debe quedar mucho por escribir sobre los tomates, pero qué, me pregunto.
Vuelvo a mirar al tomate y pienso si no sería mejor una zanahoria. Ya iba en dirección a la cocina cuando me di cuenta que estaría en la misma situación delante de una endibia que es, en realidad, lo único que queda en la nevera, las zanahorias las terminé antesdeayer. Y ya estoy de nuevo con el tomate. Mirándole fijamente. De pronto me aterroriza una idea, repito mis propias palabras: "estaría en la misma situación delante de una endibia..." y reflexiono. Estaría en la misma situación delante de cualquier vegetal, delante de cualquier objeto, y pienso por un instante que jamás volveré a tomar la pluma. Sacudo la cabeza y vuelvo a mirar tozudo al tozudo tomate. Nada más que un tomate. Ni prosa ni verso, ni dibujarlo puedo. Dibujar qué, un tomate haciendo qué, ¿un tomate encima del escritorio?, jamás, un tomate sobre el escritorio ya lo tengo, no necesito dibujarlo. Necesito dibujar la historia del tomate, de ese tomate. Pero antes debo escribirla. ¿Qué?. Quizás la historia de una tomatera plantada en los jardines del palacio de algún noble de la corona de castilla que obligado de favores a la Reina hubo de aceptar el regalo de aquella estrambótica planta traída de las Américas y aparentemente venenosa, con la que "la Católica" se empeñó en decorar los paseos de la corte. O podría ser la historia del primer tomate al que se le consideró comestible y que aún siendo el primero, no dejaba de ser tan comestible como el resto de sus antecesores allá en el nuevo continente donde los que allí habitaban antes de ser nuevo, conocían su sabor y su alimento desde tiempos inmemoriales, porque en realidad era aquella tierra también un viejo continente, pero en occidente lo ignoraban, por lo que se le transformó, de igual manera que a sus compañeros de cesto, rabanitos y espárragos trigueros, en ensalada, con aceite de oliva, claro está. Otra historia pudiera ser... ¡ah! Que angustia, paso, no se me ocurre nada.


Aquí estaba yo hace un rato devanándome los sesos para escribir un cuento de tomates. Pero como no se me ocurría nada, me fui, por eso no aparezco en el dibujo. A veces uno actúa un poco a la ligera y manda a la mierda lo que trae entre manos a la primera de cambio. Como podéis comprobar, si no hubiera sido yo tan tozudo y no me hubiese pasado dos horas y media con la vista clavada en el puñetero tomate, si me hubiera relajado y, con ayuda de alguna droga legal (un Gintonic, por ejemplo) me hubiera puesto a contemplar y reflexionar sobre mi propio entorno, no dejaría de habérseme ocurrido algo. En fin, a lo hecho, pecho.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Hola, me encntaron tus cosas...tus cuentos, todo!!! sos muy especial!! Anna

11:27 p. m.  

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