¡MIERDA, LA CORONA!

Éste que tenemos aquí es Martín Palomo. En este dibujo apenas tiene nueve años y nadie podría por aquel entonces imaginar que se convertiría, quince años más tarde, en uno de los más despiadados bandoleros de la península. Los escuadrones de soldados cruzaban al galope los bosques si habían oído decir que Martín Palomo merodeaba por ellos con sus hombres. Las emboscadas eran siempre aplastantes. Los asaltos a los correos, por no se sabe qué causa, inevitables. Sin embargo el pueblo no llegó a apreciar el valor que la sola existencia de Martín Palomo suponía para su propia libertad. Más bien esperaban un héroe que les rescatara de las garras del déspota que los gobernaba, un ladrón que robara a los ricos para dárselo a los que no se atrevían a robar para alimentar a sus propios hijos, a los cobardes, a ellos. No les bastó el ejemplo de la libertad. No quisieron hacer lo que Martín Palomo hacía, querían que Martín Palomo lo hiciese por ellos, que fuese su mártir, pero Martín Palomo no quiso ser mártir sino de él mismo y el pueblo se ofendió. Y el pueblo dijo que no se podía uno tomar la causa en beneficio propio y Martín Palomo dijo que si la causa no era en beneficio propio de cada uno, entonces no era su causa. El pueblo no le amparó cuando los soldados le cercaron. El pueblo no le consideró uno de los suyos porque no lo era. A Martín palomo lo ahorcaron por ingobernable y el pueblo continúa bajo las garras del déspota. Pero eso todavía está por llegar porque en este dibujo Martín Palomo apenas tiene nueve años. Aquel de lo alto, es el Rey del que habla el cuento, protestando por la pérdida de su corona. (2)
Un Rey descansaba plácidamente en su alcoba cuando alguien golpeó fuertemente las puertas del castillo. "¿Quién va?", preguntó el Rey bastante malhumorado, ya que ese importunio de llamada le había sacado del placentero ensimismamiento en el que estaba sumido contemplando su corona. "Un amigo", respondió una voz ahogada desde fuera de los muros. "¿Un amigo?", Inquirió el Rey, "¿Qué amigo?, no espero a ninguno de mis amigos a estas horas". "Tan sólo pretendo hablar con Vos, abrid por Dios". La voz del inesperado visitante apenas alcanzaba a recorrer los marmóreos pasillos para llegar casi inaudible a los aposentos del Rey, así que éste le rogó que hablara más alto, a lo que la voz respondió: "Señor, no quisiera llamar la atención". Entonces el Rey sospechó algo malo. "¿Tal vez ignoráis que nadie más que yo habita el castillo?. He hecho expulsar de la corte a todos los traidores y usurpadores que únicamente anhelaban mi corona. ¿Cómo podéis no saberlo y al tiempo deciros mi amigo?. ¿No perseguiréis, ¡Vive Dios!, Vos también mi corona?". Hubo un silencio y entonces el Rey temió por su vida.
Tomó de encima de una cómoda de caoba maciza traída de las tierras de África, la corona (la había dispuesto allí para contemplarla) y se la colocó en la cabeza. Le iba un poco grande porque estaba hecha para el algo más voluminoso cráneo de su antecesor que, por cierto, terminó siéndole separado del tronco de un sólo tajo.
Armado con un contundente espadón y escudado tras el blasón de su estirpe, encaminó pesadamente escaleras abajo dispuesto a plantar batalla "...contra aquel que con simple truco pretende hacer reposar mi corona sobre su propia cabeza. Mas yo se la separaré del tronco de un sólo tajo tal como...". De pronto, el Rey dudó, y pensó que quizás no fuera muy prudente plantar batalla sin conocer con cierta exactitud el número y género de los contrincantes ya que, si bien la voz era una, los usurpadores podían ser varios y silenciosos. Recordó que tres bravos y avezados guerreros resultaron malparados y que sólo uno de los siete que formaban la comitiva que dio muerte al anterior monarca salió ileso, él. Y su suerte debe más favores a la prudencia que a la lucha cuerpo a cuerpo.
Así que llegado que hubo a estas conclusiones, encaminose de nuevo a toda prisa escaleras arriba con la intención de hacerse fuerte en lo alto de la almena. Mientras ascendía por las empinadas escaleras de exagerados peldaños fatigosos de subir (y harto peligrosos en el descenso) pensaba que no debía en esos momentos dejarse confundir por los miedos, que debía conservar la calma, los miembros tensos y la cabeza despejada. Cuando culminó su ascensión, en la cima de la torre, cayó de rodillas jadeando y con la lengua afuera. Gateó hasta la balaustrada arrastrando el espadón con el que se destrozó las rodillas cuando subía y cargando con el escudo del que se habían desprendido los correajes en mitad de las escaleras, descansó unos instantes la espalda contra la piedra e izose. Desde allí podría ver a sus atacantes, pensó, y asomose, mas no reparó en la holgura de su corona hasta que la vio alejarse en dirección al suelo muros abajo y estrellarse contra los adoquines. "¡Mierda, la corona!", exclamó.
Los conspiradores, si los hubo, ya se habían marchado, y las pocas fuerzas que le quedaban no le permitían tan siquiera mantenerse en pie. Maltrecho y avergonzado, sólo pudo contemplar cómo un carromato de gitanos se detuvo ante la corona abollada y dos churumbeles, tras varias bromas y un par de patadas, la echaron al carro con los demás trastos que recogían.
El rey del que habla el cuento, antes de ser rey, era uno de los hombres de confianza del rey, del que reinaba en aquel entonces. Lo que vemos en la ilustración no es otra cosa que el desenlace de la conspiración que se venía tramando en el último año y que todo el mundo, a excepción del monarca, veía inminente en los últimos días. Las condiciones no podían ser más claras, el monarca se había creado numerosos enemigos dentro de la corte al conceder ciertos territorios a la iglesia. Esto era algo habitual pero en este caso todo indicaba que la concesión era un pago por algún tipo de favor por parte del estamento clerical. Ciertos nobles, vieron descender su poder en esas regiones que ya habían disputado con la iglesia en otra ocasión y que entonces se saldó con la magnánima decisión real en favor de la iglesia. Los nobles interpretaron este hecho como un claro posicionamiento y en ésta segunda ocasión temieron ser desposeídos de sus privilegios. Por otro lado el pueblo se vio salvajemente recaudado por las dos partes y, por supuesto siempre en nombre del rey. Para la iglesia, aun saliendo ventajosa en el reparto, la necesidad de la aprobación de su majestad para cada movimiento le resultaba incómoda y cuanto más poder adquiría más caro le salía negociar con el rey. Como digo, todo el mundo lo veía venir. El rey del que habla el cuento, antes de ser rey, también se lo vio venir. Se mantuvo, en aquella ocasión, al margen y en silencio, como vemos en el dibujo.

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