OIR MISA Y REPICAR LAS CAMPANAS

Suenan las campanas del convento y ya acuden a la misa las beatas. Son las siete. Las siete de todos los días. Suben la cuesta despacio, arrastrando sus otrora negros hoy pardos zapatos por la tierra, dejando un rastro como los caracoles tras de sí. Las siete de negro, luto por sus propias almas muertas hace muchos años. Las beatas responden muy despacio pero diariamente a la llamada de las campanas, agonizan cuando llegan a la puerta del convento donde las espera una monjita de su misma quinta, igual de muerta pero más despierta. Jadeantes entran en la iglesia y conducidas por la monjita se sientan en primera fila no sea que el Señor no se percate de su asistencia, de su militancia, de su fe, de su agonía por asistir diariamente a los oficios. El Señor se percata. Y el cura se percata también. La monjita sube al coro con las demás monjitas y el cura da comienzo a la misa. . Los vapores del incienso inundan el templo, por detrás del altar a la sacristía, desde el coro al campanario donde hace rato se oficia un rito bien distinto. En ese preciso momento, las campanas dejan de sonar y allí, en el campanario, dos monaguillos han encontrado la manera, ofreciéndose para llamar a misa, de verse a escondidas todas las tardes y se esmeran, entre los latinajos del cura que vienen flotando conn el incienso, en aprenderse de memoria cada centímetro de piel de sus cuerpos.
Cuando el cura calla las monjas cantan y los vapores suben desbordantes de notas musicales que se derraman sobre los dos amantes, un ardiente espíritu los posee, los envuelve, los empuja uno dentro del otro, los coge de las muñecas y los entrelaza, y ellos se dejan hacer entre gemidos.
la misa termina y las monjas callan, las palomas huyen en desbandada del campanario y los dos amantes ahogan los gritos y gemidos del apoteósico climax asiendo fuertemente la soga de las campanas y haciéndolas tronar sobre su orgasmo de esa manera tan peculiar que las beatas ya conocen. Al sonido de esas campanas las beatas salen de la iglesia, ayudadas por la misma monjita que ha bajado del coro a despedirlas, y emprenden por la cuesta abajo confundiendo con su asma los aun perceptibles jadeos de los dos monaguillos. Y así todos los días cada uno da rienda suelta a su fe.
Cuando el cura calla las monjas cantan y los vapores suben desbordantes de notas musicales que se derraman sobre los dos amantes, un ardiente espíritu los posee, los envuelve, los empuja uno dentro del otro, los coge de las muñecas y los entrelaza, y ellos se dejan hacer entre gemidos.
la misa termina y las monjas callan, las palomas huyen en desbandada del campanario y los dos amantes ahogan los gritos y gemidos del apoteósico climax asiendo fuertemente la soga de las campanas y haciéndolas tronar sobre su orgasmo de esa manera tan peculiar que las beatas ya conocen. Al sonido de esas campanas las beatas salen de la iglesia, ayudadas por la misma monjita que ha bajado del coro a despedirlas, y emprenden por la cuesta abajo confundiendo con su asma los aun perceptibles jadeos de los dos monaguillos. Y así todos los días cada uno da rienda suelta a su fe.

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