EL CEBO Y EL SEÑUELO II. (fábula)

¿Recordáis al rey que había perdido la corona?, ¿no?. Bueno, tampoco es de extrañar. Uno recuerda durante apenas unos meses las grandes tragedias que él mismo sufrió, incluso las que sufrieron los seres queridos se disuelven con el tiempo. A quién le preocupa, pues, lo que le suceda a los causantes de dichas tragedias. De todas formas este es un ejemplo práctico de cómo ciertos animales habitualmente considerados inteligentes se introducen en su propia trampa tomando por cebos lo que sólo son señuelos. Algunos, obsesionados por la caza, ven cebos conde ni siquiera hay señuelos y huyen despavoridos únicamente perseguidos por sus propios temores. Poco importa que corran todo lo que puedan o que tomen las armas, ellos mismos suelen ser su peor enemigo.
Un leopardo quería comerse una hiena y esto fue lo que tramó (los leopardos son animales muy inteligentes). Tenía enterrados los restos de un antílope del que se había alimentado durante tres días. estaba ya un poco rancio y lleno de tierra y además el leopardo ya estaba harto de antílope. Aun así, los desenterró y los dejó a la sombra de una acacia a la cual se encaramó de un espléndido salto y se acostó sobre la panza en una de sus ramas. Dejó las patas y la cola colgando y apoyó el mentón en una ramita secundaria.
Pronto, apareció una hiena. Se acercaba cautelosa, se detuvo a una distancia prudencial y miró al leopardo encaramado en la acacia. "Puedes comer", dijo el leopardo, "yo no como carroña". La hiena sentó los cuartos traseros y le dijo al leopardo: "ya, pero... yo no soy carroña, recuerda que el cebo no es efectivo con animales inteligentes y las hienas somos también animales muy inteligentes, como los leopardos". El leopardo alzó entonces el mentón y dijo: "Me ofendes, Hiena. Acaso me crees tan estúpido como para querer darte caza con algo tan simple e inocente como un cebo. No, Hiena, tan sólo te digo que puedes comer tranquila que no te atacaré. Y si de paso me das conversación, mejor que mejor. Podemos pasar un buen rato conversando, entre animales inteligentes". "No Leopardo," dijo la hiena, "ahora el cebo ya no es la carroña sino tu apacible charla. Vuelves a errar y olvidas de nuevo que a los animales inteligentes no se nos caza con cebos".
El leopardo estaba ahora sentado con porte señorial sobre la rama de la acacia y rugió: "te digo que no es ningún cebo, Hiena, palabra de depredador. Tan sólo es un señuelo". "¿Un señuelo?, ¿y qué diferencia hay?", preguntó la hiena.
Mientras intentaba recuperar la cómoda postura de antes, el leopardo dijo: "acércate que te lo explicaré". El leopardo entonces, clavó sus ojos en los ojos de la hiena y comenzó a narrarle el cuento anterior, el de los Delacotes. A medida que ahondaba en el relato, el leopardo iba colocando, paulatina y disimulonamente, las patas en posición de salto, sin separar la panza ni el mentón de la rama y sin dejar de hablar. La hiena no perdía de vista ni uno de los movimientos del leopardo y por supuesto, siendo como era animal muy inteligente, adivinaba las taimadas intenciones del felino. La hiena comenzó a retroceder sin apartar la atención del leopardo que ya llegaba al final del cuento. "...Y entonces,", contaba el leopardo," el animal inteligente, se introduce de espaldas en la trampa mirando al señuelo que...". ahí la hiena comprendió. Dio un salto hacia delante y se giró aterrorizada ciento ochenta grados. Pero no había trampa a sus espaldas. Ésa trampa, también era un señuelo y ahora le daba la espalda a un leopardo en posición de salto.
Pronto, apareció una hiena. Se acercaba cautelosa, se detuvo a una distancia prudencial y miró al leopardo encaramado en la acacia. "Puedes comer", dijo el leopardo, "yo no como carroña". La hiena sentó los cuartos traseros y le dijo al leopardo: "ya, pero... yo no soy carroña, recuerda que el cebo no es efectivo con animales inteligentes y las hienas somos también animales muy inteligentes, como los leopardos". El leopardo alzó entonces el mentón y dijo: "Me ofendes, Hiena. Acaso me crees tan estúpido como para querer darte caza con algo tan simple e inocente como un cebo. No, Hiena, tan sólo te digo que puedes comer tranquila que no te atacaré. Y si de paso me das conversación, mejor que mejor. Podemos pasar un buen rato conversando, entre animales inteligentes". "No Leopardo," dijo la hiena, "ahora el cebo ya no es la carroña sino tu apacible charla. Vuelves a errar y olvidas de nuevo que a los animales inteligentes no se nos caza con cebos".
El leopardo estaba ahora sentado con porte señorial sobre la rama de la acacia y rugió: "te digo que no es ningún cebo, Hiena, palabra de depredador. Tan sólo es un señuelo". "¿Un señuelo?, ¿y qué diferencia hay?", preguntó la hiena.
Mientras intentaba recuperar la cómoda postura de antes, el leopardo dijo: "acércate que te lo explicaré". El leopardo entonces, clavó sus ojos en los ojos de la hiena y comenzó a narrarle el cuento anterior, el de los Delacotes. A medida que ahondaba en el relato, el leopardo iba colocando, paulatina y disimulonamente, las patas en posición de salto, sin separar la panza ni el mentón de la rama y sin dejar de hablar. La hiena no perdía de vista ni uno de los movimientos del leopardo y por supuesto, siendo como era animal muy inteligente, adivinaba las taimadas intenciones del felino. La hiena comenzó a retroceder sin apartar la atención del leopardo que ya llegaba al final del cuento. "...Y entonces,", contaba el leopardo," el animal inteligente, se introduce de espaldas en la trampa mirando al señuelo que...". ahí la hiena comprendió. Dio un salto hacia delante y se giró aterrorizada ciento ochenta grados. Pero no había trampa a sus espaldas. Ésa trampa, también era un señuelo y ahora le daba la espalda a un leopardo en posición de salto.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home